meta name='verify-v1' content='pwiMUB28RJ4hiCr1EXENhHkHqJz4luG0BcIKSmW7UJk=' /> penelope en el paraiso: EL DESVAN

domingo, 5 de abril de 2009

EL DESVAN



En mi casa hay un desván. Un desván enorme y oscuro, lleno de polvo, de muebles antiguos y cosas olvidadas, con un techo de viejas vigas de madera recia, abuhardilladas hasta casi tocar el suelo, lo que provoca que tengas que entrar en sus dominios con la cabeza inclinada y el cuerpo sumiso, cuidadoso, como si le estuvieras rindiendo pleitesía.
A ese sitio casi nunca sube nadie. Está cerrado con un candado y en la puerta hay pegado un curioso cartel de plástico que reza: “Diego”, y que ya estaba allí cuando yo llegué a esta casa.
A veces necesito entrar. En él guardo esas cosas que no sabes bien donde colocar y que ocupan un lugar precioso en cualquier otro sitio de la casa: los disfraces que me traje de Nueva Orleans, las pelucas de mis obras de teatro, los zapatos de tacón de aguja que me compré en un chino barato para interpretar a la malvada Magdalena en nuestra versión rockera de “La Venganza de Don Mendo”. Y también cosas más pragmáticas: unas deportivas y varios pantalones y camisetas de deporte de cuando practicaba aerobic como una posesa. El carro de la compra que me compré diligentemente y nunca usé. Las decenas de cajas de diferentes electrodomesticos, que como carcasas olvidadas, se han quedado allí a la espera de ser necesitadas en alguna futura e inevitable mudanza y muchas cosas más.
También están los habitantes anteriores, los que ocupaban previamente el territorio cuando yo llegué a esta casa: sillones viejos llenos de polvo, quizá pertenecientes a antiguos dueños, sillas desvencijadas, baules de madera agrietada, cuadros de paisajes melancólicos y oscuros, espejos sin marco que parecen mirarte tristes y lánguidos, maderas de varios tamaños que resisten el paso de los años y de las polillas, tejas de ladrillo rojo de cuando se construyó la casa, anaqueles desmantelados, lámparas rotas y un pupitre antiguo, de esos de las escuelas de película de postguerra.
Hay además otros habitantes, igual de silenciosos, pero más dinámicos. A veces se oye el aletear de unas plumas, o el suave murmullo de un gorrión. Y quien sabe lo que habrá en las profundidades inexploradas y oscuras, inaccesibles por la dificultad de la llegada y por la pereza de descubrir lo desconocido. La luz, cuando la enciendes, es cetrina y escasa, y el suelo tiene deformidades, porque no está embaldosado y hay mucho, mucho polvo.

A mis gatos les gusta meterse en su interior. Para ellos es una gran fiesta y toda una aventura cuando abro el candado y la puerta chirria suavemente a fuerza de no haber sido usada en mucho tiempo.

A mí, no sé si me da miedo ese lugar o me encanta. Pero lo cierto es que solo subo cuando es estrictamente necesario, o en aquellos arranques de entusiasmo en los que me propongo redecorar mi casa con algún mueble todavía no descubierto, y siempre acompañada por mis pequeños leones, que se suman a la fiesta, oliéndolo todo, disfrutándolo todo.

Hay noches, en que, tumbada en mi cama, me imagino que algo se mueve allí arriba. A veces me da por pensar que oigo pasos y sonidos entrecortados:“serán ratones”. Y siempre me duermo pensando en alguna otra cosa y tras haber rezado un poco para que el techo no se me venga encima, sonrio confiada porque las casas de antes, y esta tiene ya un siglo, no son como las de ahora.

Una noche, ocurrió que cuando estaba conciliando el sueño me pareció oir el sonido melancólico de un saxo y una voz de mujer que cantaba un blues muy triste. Qué raro…a esas horas mis vecinas ya han apagado la música, y lo que escuchan, para martirio del vecindario suele ser el último éxito de los 40 principales. Y esa música…es tan bonita…tan delicada…Y pensando en esas cosas, mientras oía cantar a la mujer, me sobrevino un profundo cansancio, y esa noche soñé con el río Mississippi, con las calurosas noches de Lousiana, con artistas negros y canciones tristes.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba, eché de menos a mis gatos que siempre me acompañan, me dan los buenos días y se toman conmigo el café y el cigarrito, y presa de una extraña inquietud comencé a buscarlos por toda la casa, en sus lugares favoritos, debajo de las camas, encima de los armarios, en el baño, en la entrada, hasta abrí la puerta de casa por si me los había dejado fuera. Nada. Ni rastro. Al volver a entrar, me dí cuenta de que había una pluma verde en el suelo. Brillante, grande, muy bonita. Una pluma verde jade. No conozco a ningún animal que posea unas plumas semejantes por estos lares.
Al llegar al salón, descubrí otra pluma igual sobre la mesa que está debajo de las escaleras que llevan al desván. Sospechando lo que ocurría, comencé a subir las escaleras y pude ver la puerta del desván ligeramente torneada. Me acerqué con curiosidad, la empujé con cautela, encendí la escasa luz de la pobre bombilla sin lámpara que cuelga en la entrada y...ajá!.. atiné a ver a Silvestre y a Gatita tumbados en los sillones, durmiendo plácidamente, olvidados del mundo y de su dueña.
Silvestre me miró con los ojos somnolientos y entonó un “miau” de buenos días, o de “déjanos en paz, bonita, hemos pasado una noche muy agitada”, nunca se sabe.

Misterio resuelto.

Pero...¿Cómo habrían abierto la puerta con candado estos bandidos?...Quizá me la había dejado yo abierta el día anterior? Pero no recordaba haber subido....En fin, quizá me equivocaba....
Pensando en estas cosas, cuando me disponía a salir (molestar la paz de dos felinos que duermen me parece un sacrilegio), tropecé con una caja que estaba fuera de su sitio y casi me rompo la crisma. Estaba abierta y a su lado, caídos en el suelo, había dos collares de perlas de colores y un antifaz muy elegante decorado con unas preciosas plumas verdes jade. Los que me compré cuando el Mardi Gras, en mi estancia en Nueva Orleans. Y los zapatos de tacón se encontraban tirados fuera de la bolsa donde estaba segura de haberlos guardado la última vez. Los sillones y las sillas se encontraban situados en una disposición muy especial, en semicírculo, alrededor de un imaginario escenario, ahora vacío y lleno de polvo. “O mis gatos los han movido en sus correrías, o yo misma los dejé así la última vez”…pensé. “Qué raro”…

Bajé de nuevo al salón y un extraño impulso hizo que me dirigiera directamente a coger un CD que ya no recordaba que tenía: “Marva Wright”, y lo puse, con la misma hipnótica fascinación con la que me fumaba otro cigarro. Entonces, una voz potente, sensual, melancólica invadió inmediatamente el salón y la casa entera. Una mujer cantando un blues sureño. Un saxo triste. La mujer, una artista negra de Nueva Orleans, cantaba a su tierra querida donde dejó a su amor, Diego, desde un lejano lugar del mundo del que ya no pudo regresar. Ese CD, entonces lo recordé, lo había comprado algunos años antes, en un antro perdido de una calle llamada Bourbon Street, donde una mujer de color había cantado esa noche la canción de amor más bonita que había escuchado nunca…

De pronto, me acordé de la voz que había oido la noche anterior desde la cama…del antifaz de plumas verdes, de las cajas abiertas, de los zapatos tirados, del nombre del cartel de la puerta…de los sillones puestos en semcírculo, y de cómo mis gatos son lo suficientemente hábiles para cazar un gorrión, pero incapaces de mover cuatro sillones de veinte kilos de peso y de abrir un candado de la marca "genii" último modelo.
Y como si me despertara súbitamente de un sueño profundo y presa de un repentino presentimiento, subí apresuradamente al desván, recogí todas las cosas que estaban fuera de su sitio, hice salir a mis gatos y tras echar una mirada al interior, cerré la puerta con el candado. Tuve el impulso de quitar el cartel con el nombre que estaba pegado en la puerta, pero algo parecido a un sentimiento de profanación me aconsejó que no lo hiciera.
Guardé las plumas en un cajón del salón y apagué la musica.

Durante todo aquél día me estuve repitiendo incesantemente:
“Mis gatos son muy revoltosos. Muy revoltosos. Muy revoltosos”.
“Y los fantasmas no existen. No existen. NO EXISTEN”.

Todavía hoy, sigue pegado el cartel de “Diego” en la puerta de mi desván. Quien venga a mi casa, podrá verlo.
Y mis vecinas siguen poniendo los últimos éxitos de los 40 principales.

Pero aún, de tanto en cuanto, me parece escuchar en el silencio de la noche, sonidos que proceden del desván, como pasos afilados, pasos de tacones, y muy queda,si escuchas bien, se puede oir la voz triste de una mujer que canta.

La puerta del desván, ni que decir tiene, sigue cerrada con candado a cal y canto.

Y yo....yo sigo intentando creer que los fastamas no existen.





Foto primera: obtenida de flickr: http://www.flickr.com/photos/panex/2287813399/

8 comentarios:

Andreilla dijo...

Esto es de una amiga, pero seguro que nos lo deja:

"FANTASMAS: Encender la luz y hacerlos desaparecer para siempre. Mirar por fin bajo la cama. O dejar por la noche un cuenco lleno de comida, otro de agua, darles ropa de abrigo y un sitio donde dormir en mi armario… sonreír a esos fantasmas y dejar que me lleven con ellos.
A su lugar.".

Me ha encantado conocer N. Orleans. Te debo un viaje!.

Andre

Penélope dijo...

Hola cielete! Por lo que veo, ya has vuelto de tu periplo. Aunque tratandose de tí, una nunca sabe donde pillarte!
Acepto ese viaje!!

Es la opción que mas me gusta la segunda: hacerte amiga de tus fantasmas, arroparlos para que se sientan bien y darles mimos. Pero solo a los que habitan tu casa.
Los otros, los de la mente, mejor negociar con ellos para que se larguen.

Yo con el mío estoy encantada.
Hay quien tiene un Monet colgado en su pared, un jarrón chino auténtico o una silla antigua estilo Luis XVI.

Yo, tengo una cantante de jazz en el desván.

Y, oye, que eso da mucho glamour...

Turulato dijo...

Pues yo se quien es el fantasma...

Oshidori dijo...

Ay, Señor... Los fantasmas lo que quieren de verdad es que se les deje a su aire, que están tan ricamente regocijándose en la que fue su morada terrenal y lo que menos les apetece es aguantar la barrila de los mortales.
Y no tienes una cantante de jazz, sino el espíritu de la pobre Magdalena que llora la abyecta y perversa "adaptación" del Don Mendo que perpetrásteis, que eso de adaptar a los clásicos debería estar tipificado como delito de lesa literatura en el código penal.

Penélope dijo...

Vaya! Resulta que vais a saber vosotros mejor que yo quien es el fantasma de MI desván!!!

Envidiosos, cohinos envidiosos, que vosotros no teneis fantasma. Chincha rabia!!

Nuareg dijo...

Leyendo tus post en orden inverso a su escritura, veo que en ti ha pasado algo en estos días de ausencia mía por el mundo madrileño y blogosférico. Transmites duende en tus escritos. ¿Inspiración? ¿Delirio creativo? ¿Enamorada tal vez?

Sigue así y prodígate, que me encanta.

Besos

P.S.: Gracias por las flores que enviaste vía e-mail, inmerecidas por los hiperbólicas.

Anónimo dijo...

muy bonito el escrito.

por cierto. el desvan de la foto es mi desván.

Penélope dijo...

Dios bendito!!!! Pues qué desván más sugerente tienes. Tú pones una foto en internet...de ella nace un relato...
La energía no nace ni muere, simplemente...se transforma!!

Una preciosa foto, sin duda. Gracias por colgarla en la red.

Un saludo.