meta name='verify-v1' content='pwiMUB28RJ4hiCr1EXENhHkHqJz4luG0BcIKSmW7UJk=' /> penelope en el paraiso: POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS

lunes, 2 de noviembre de 2009

POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS


Vivo en el centro de Madrid. Las obras permanentes, la muchedumbre, la suciedad de la que nunca antes me había percatado (porque el mejor ciego es el que no quiere ver) hacen que se convierta en un acto de fe seguir queriendo vivir aquí.

Sin embargo, a veces ocurre el milagro. (Siempre hay algún pequeño milagro que hace que lo que has elegido tenga un significado).

En Atocha, al comienzo de la calle hay una iglesia en la que cada hora, fielmente, suenan las campanas. Y a las nueve en punto toca una melodía (Victoria tu reinarás....). Entonces se hace el silencio. Y solo hay música. Y nada de lo que ocurre alrededor tiene más importancia que ese momento sublime que es el sonido de su metal. Y durante unos instantes me parece estar en un pueblo, alejada del mundanal ruido. Durante unos momentos...el espejismo...

Hoy las campanas cantaban una melodía melancólica. Creo que sonaban a muerto.

Hoy he pensado en alguien que ni siquiera conocía. Y he sentido una solemnidad pasmosa de una belleza increíble.

En el centro de esta soledad ruidosa.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Un sofá destartalado.

Entre la concurrencia y el guirigay, con los presentes hablando entre si todos a la vez, por un casual, descubrí su espalda sólida, simétrica, a medio esconder tras una falsa columna de piedra. En seguida fijé mi atención en ella, imaginándola a medias, diferente a tantas. Tenía el cabello dorado con un corte sencillo, moderno, que mostraba en todo su esplendor un cuello cilíndrico y proporcionado, sus piernas se cruzaban elegantemente, recogiendo sus manos reposadas, blanquecinas, aparentemente delicadas, coronadas ambas dos en su corazón, con alianzas de plata. Se agitaba en el asiento con gestos coquetos y ademanes educados, a veces sonreía, con una sonrisa gruesa, que desplegaba unos labios carnosos insoportablemente apetecibles. La observaba yo, con disimulo, en semiclandestinidad, sentado en un destartalado sofá, que remataba una de las múltiples esquinas de aquel local. Del bolso, sacó una pitillera de charol blanco a juego con sus zapatos, se sirvió un largo pitillo que encendió con un magnifico hinchado de pecho. Un olor intenso y dulzón comenzó a impregnarlo todo, el humo denso planeaba sobre su rostro y a mi, me parecía una llamarada entonces yo, me quemaba. De repente, observé su negra pupila apuntándome, demoledora. Ella, como si adivinara mis congojas bebió delicadamente, sin dejar de mirarme y sonrió y se besó la mano izquierda, soplando luego con un aire, que llegó hasta mi, hecho tornado, me dejé arrastrar al cielo en mil vueltas de campana. Cuando descendí, seguía en el sofá destartalado, con un ligero temblor de estómago. Ella se levantó decidida, de reojo miró de nuevo y salió por la puerta esbozando una última sonrisa. Permanecí quieto, sentado, sin poder mover un solo músculo del cuerpo. Desde entonces, todas las noches me siento en el sofá destartalado de aquel local, pero ella, nunca más pasó por allí.
Segovia

Penélope dijo...

Qué bonito!! Me acabas de regalar un cuento. Gracias!
Finalmente, los comentarios van a ser más interesantes que mis propios post! Eso está bien, hay que escribir. Como sea. Donde sea.

Sigue haciendolo, anónimo.

Un abrazo.