
Doris Lessing nos introduce en el ambiente la Gran Bretaña de los 60, del movimiento político-cultural que agitaba medio mundo, o el mundo entero, en esa época. La marihuana, la idea de libertad, al antifascismo por bandera, la incipiente revolución sexual, el comienzo del feminismo, la demonización de todo lo que oliera a burgués y la románticas ideas de unos jóvenes que se posicionaban en contra de todos los valores establecidos hasta entonces por sus padres, sus abuelos y el status quo imperante.
Lo hace sin restricciones mentales, sin recelo, sin acritud, con sinceridad, con ternura incluso, como testigo de una época que se agotó asímisma en las incongruencias, en las falsas expectativas, en las mismas ambiciones y deseos de poder que estos mismos jóvenes habían criticado a gritos en manifestaciones, en reuniones, en mitines llenos de energía y de esperanza y que años después ocuparían los mismos cargos burgueses e imperialistas que habían criticado.
Olía a revolución. Vestían para la revolución. Soñaban con la revolución que cambiaría el mundo.

La novela abarca un periodo largo, quizá 30 o 40 años. Los jóvenes que viven en la casa de Frances (a costa de Frances), sus hijos y los amigos de sus hijos, no quieren trabajar, ni estudiar, ni se ganan un sueldo para comer. Se marchan de las casas de sus padres y ocupan, literalmente, la de Frances. Hablan del futuro, se reúnen, hacen mitines, fuman, y levantan el puño en alto ensalzando una romántica idea del comunismo. Son jóvenes a los que les frecuentemente les gusta robar, porque así creen minar los cimientos del capitalismo. El insulto más reiterado en esa época es “fascista”, o “reaccionario".
Me resulta significativo lo que describe Julia, la madre anciana (reaccionaria, conservadora y burguesa de nacimiento, que había vivido y sufrido las dos guerras mundiales) del famoso y asertivo Jonnhy Lennox, un vudú, un líder nato de aquella época, un defensor a muerte del comunismo, cuando va a escucharle a un mitin lleno de jóvenes contra la guerra del Vietnam: “Allí arriba se encontraba Johnny, y Geoffrey, cuyo rostro limpio y compuesto conocía muy bien, si bien ahora llevaba una cabellera de vikingo, estaba de pie con las piernas abiertas, lanzando puñetazos al aire con la mano derecha, como si apuñalara a alguien, y asentía con sonrisas a lo que decía Johnny, que era una nueva versión de lo que Julia había oído tantas veces: el imperialismo americano…, rugidos de aprobación; el complejo industrial militar…, gruñidos y abucheos, siervos, chacales, explotadores, vendidos, fascistas. Apenas se distinguía una palabra, porque las ovaciones eran atronadoras….Sobre la plataforma había un montón de gente. Todas las caras estaban radiantes, llenas de presunción, suficiencia y triunfalismo. Qué bien conocía aquellos gestos, y cuánto la asustaban. Se pavoneaban en lo alto del escenario, iluminados por potentes focos, desgranando frases que ella invariablemente adivinaba antes de que salieran de sus bocas. Y el público componía una unidad, un todo, una masa capaz de matar o provocar disturbios, y ardía…Sí, de odio”.
No es una novela que ensalce ni critique la revolución política que se produjo en esa época ni los comportamientos de los protagonistas que la blandieron. Simplemente habla, cuenta, desgrana las fisuras, las contradicciones, los logros y y los desaciertos de unos años que marcaron época.

Los años del Gran Sueño que la izquierda forjara un día.
Del sueño más dulce.





