meta name='verify-v1' content='pwiMUB28RJ4hiCr1EXENhHkHqJz4luG0BcIKSmW7UJk=' /> penelope en el paraiso: relatos
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sábado, 14 de agosto de 2010

BAR DE CARRETERA


Aquél mediodía de sol irreverente y dificultad de caminar sin la protección una sombra protectora, llegó. Con su pequeño nuevo coche flamante se acercó a una especie de restaurante perdido en un punto inconcreto de una carretera desolada, en medio de ningún lugar. Aquél sitio tendría un nombre, pero no lo encontró y no creo que importara mucho.
Cuando apagó el motor se dio cuenta de que incluso en un lugar como aquél el silencio es una fantasía esquiva, aunque a a veces adopte formas sonoras y lo sigamos llamando silencio. En forma de cigarras, grillos, cientos, miles, era ensordecedor el silencio de aquél lugar. Y provocaba respeto. Ni una hoja se movía de los pesados chaparrales olvidados que habían logrado quedarse a fuerza de sacrificio y amor a la vida sin concesiones.
Logró caminar sin desmayarse los doscientos metros que la separaban de su mundo de aire acondicionado y música de radio cuarenta y aquél otro de tiempo detenido, olor a aceite revenido y palillos en las bocas desdentadas.
Sintió como las conversaciones se detenían bruscamente mientras todos los ojos se volvían hacia ella con una fijación poderosa, insolente, furiosa. En su piel se clavaban las miradas, los deseos, la curiosidad y las soledades de aquellos seres extraños y pasivos, sinuosos y envueltos en un aura de humo y olor a whisky doble.
Agradeció no haberse puesto pantalones cortos o minifalda aquella mañana. Para conducir eran más cómodos unos pantalones militares y una camiseta de tirantes.
Tenía dos opciones, o salir de allí pitando o llenar el estómago que desde hacía una hora la tenía mareada y de mal humor, y entonces se dio cuenta de que los deseos corporales son a veces más acuciantes y poderosos que todas las racionalidades de la mente humana.
No pudo degustar la comida. Se sentía incómoda, nauseosa, y el estómago revuelto por el calor, el desierto y las miradas.
Al entrar, había visto unas navajas albaceteñas en una estantería de cristales y pensó: "Puede que fuera bueno comprarme una; una de estas conmigo, en mi bolso".
No se libró de esos ojos inquisitivos en ningún momento, aunque al cabo de un buen rato, se habían calmado un poco, quizá por el acostumbramiento. Pero cualquier movimiento inesperado, ir al baño, abrir el bolso para sacar el paquete de tabaco, agacharse a rascarse el pie, eran seguidos con una curiosidad insospechada y como si ningún otro problema del mundo fuera más digno de interés.
Nadie conversaba ya. El locutor de la televisión había sido ignorado desde hacía tiempo y su voz monótona la acompañó durante la comida.
Logró acabarse a duras penas el gazpacho pasado, las albóndigas secas y la compota casera y despues de pagar,volvió, con cierta prisa, al coche. Todas las miradas la siguieron hasta el final. Sintió, una vez fuera, que respiraba algo mejor.

Se dirigió hacia el coche. Fue dejando detrás de sí unas manchas verdes pegajosas que formaban burbujitas al contacto con el asfalto. Un grave sonido gutural animal salió de su garganta antes de abrir la puerta del coche: "para vosotros". Cuando entró y se miró al espejo vio sus dos enormes ojos amarillos de pupilas filiformes y se quedó pensando que ya era hora de hacerse una revisión oftalmológica, ultimamente veía todo en colores de cuatro tonos de grises y no de siete, como habitualmente. Introdujo la enorme cola escamosa de un metro de largo que le nacía del coxis y que, como siempre, tenía que apoyar en el asiento contiguo para caber con comodidad y se arrancó dos escamas verdosas que se le estaban cayendo de su brazo derecho desde hacía unos días, al tiempo que encendía otro cigarrillo.
Acto seguido volvió a enchufar la radio y el aire acondicionado y salió pitando de aquél lugar tan raro.

Y allí sólo quedó el ensordecedor sonido de las chicharras, el sol cayendo a plomo, una televisión encendida y unos hombres en silencio, en un silencio más ensordecedor que el de los cantos de mil cigarras.

sábado, 5 de diciembre de 2009

EL CIRCULO. O DE LO MUCHO QUE CUESTA SER MADRE.

Se llamaba Seva. Pero con uve.
Le habían puesto ese nombre en honor al profesor de psiquiatría que sus padres tuvieron en la universidad: el “Seba”. La única cosa que Lucía había ganado gratuitamente en su vida, sin pagar por ello dinero, esfuerzo, sudor o lágrimas había sido el libro que el “Seba” sorteó entre los alumnos al finalizar aquél curso de quinto de Medicina de 1972: “Psicología básica de la relación madre-hijo, de Rumián Medeiros”.Pensó que era una señal. “Quizá me tenga que hacer psiquiatra”.

Después de mucho pensarlo, se decantó por la Dermatología.
Su vida transcurrió entre dermatitis, eritemas, granos y potingues que nunca curaban del todo, pero que calmaban los picores.
Se casó con Carlos, que se había hecho pediatra. Y tuvieron una hija. Vino así, de improviso. Y fue un regalo.
Sin saber muy bien por qué, se acordó mucho de aquél libro durante todo su embarazo. De aquél profesor y de la sensación tan estupenda que había tenido al ser la ganadora del sorteo.
Su pequeña había sido su premio en el sorteo de la vida. Y, como aquél libro, tampoco le había costado nada. Su carrera le había costado tanto esfuerzo y días encerrada en su habitación..., su casa actual, tantos malabarismos económicos y tardes extras de guardia...su noviazgo con Carlos, tantos altibajos y dolores de cabeza...Pero su niña...su niña no le había costado nada.
Decidió hacer algo simbólico que diera un sentido a aquél momento especial de años antes y al momento tan especial que vivía ahora. Se cerraba así un círculo. Y a Lucía, siempre le había gustado que los círculos se cerraran.
Así que la llamó Seva.

Muchos años después, cuando Seva era ya una mujer, y Lucía una señora de manos artríticas, revisando un día su librería, se encontró con su “Psicología básica”, cubierto de polvo y amarilleadas las páginas por el paso del tiempo.
Con una sonrisa melancólica en el alma y muchos recuerdos amontonados en su corazón, pensó: "Maldita farsa. Si llego a saberlo, le pongo Edelvira”. Porque dinero, esfuerzo, sudor y sobre todo lágrimas, muchas lágrimas, era lo que a Lucía le había costado su pequeña y querida Seva.
Aunque la habría vuelto a tener, una y mil veces.

Si se hubiera leído alguna vez el libro, lo habría entendido…mucho antes.

martes, 1 de septiembre de 2009

UNA HABITACION DE HOSPITAL


La oscuridad me arropaba como una madre, y aunque la habitación era desoladora (una vieja cama de hospital maltrecha por los años, dos toallas limpias a sus pies, un aparador triste lleno de papeles emborrononados y algún bolígrafo olvidado ya sin tinta, una lámpara de aluminio rota reparada con esparadrapo, paredes descorchadas y una rejilla justo encima del espinazo por donde salía una aire helador), tuve todavía un rato para acurrucarme entre las sábanas y taparme con 3 viejas mantas de lana que llevaban bordado el logotipo del hospital. Eran las 4 de la mañana. Desde fuera llegaban los sonidos de las enfermeras que transitaban por el pasillo, las alarmas de los monitores y ruidos inconexos varios que no lograba identificar. En la paz relativa de ese mi agujero personal por esa noche, logré relajarme por fin unos momentos, aflojar los músculos, cerrar los ojos y dejarme llevar.

Y de pronto sentí.
Súbitamente.

Unas inmensas ganas de llorar, una soledad abrumadora, emociones retenidas, la sensación de no saber hacia dónde iba mi vida o de dónde quería que fuera.
Lloré como hacía tiempo que no lo hacía, a borbotones, rezando para que la enfermera no llamara a mi puerta en ese momento para interrumpir ese estado sagrado en el que el hombre conecta a veces consigo mismo, en el que se le permite flaquear y dejar la rigidez a un lado, en el que afloran a la conciencia, y a los ojos emociones bien guardadas durante el día cuando las fuerzas te mantienen alerta y en lucha.
No sé muy bien por qué lloré. Pero sé que me hizo mucho bien.
Creo que me quedé dormida después.

Hasta que sonó la puerta y me levanté desorientada. “Clara ha vomitado 2 veces, le pongo un zofrán?”. “Sí, pónselo”. “Eduardo sigue nervioso a pesar del haloperidol, te lo digo por si su enfermera viene luego” “De acuerdo, si no se calma, que me llame. Alguna otra cosa?”. “No, todo está bastante tranquilo”. “Gracias”.

Acto seguido fui al baño y al encender la luz me vi en el espejo. Menudo susto.
Llevaba el rímel corrido, unas ojeras hasta Cuenca, y el pelo revuelto. “Si no se ha infartado al verme, es que es de piedra”.

Me volví a la cama y me quedé profundamente dormida.

Había que reponer fuerzas.
Que a las 9 era el pase de guardia.

Y 20 pacientes críticos que contar.

martes, 7 de abril de 2009

LA LIBRERÍA IMAGINARIA




Me encontraba perdida por algún lugar de Madrid. La calle en cuestión era pequeña, estrecha, de suelo adoquinado y ambiente cristalino y dorado, como cuando sale el sol tras una tormenta. Un local antiguo de la esquina llamó mi atención, en el letrero de la entrada ponía:
“ Librería Imaginaria”.
Me metí, intrigada por tal nombre, y me encontré con un lugar muy acogedor. En seguida me dí cuenta de que no había a la venta ni un solo libro de Autoayuda, faltaba de forma escandalosa la sección de los libros esotéricos y espirituales y en las estanterías de “Narrativa” solo se podían encontrar títulos de Pío Baroja, Cervantes, Pavese, Chejov, Dostoievski…Un momento. Allí pasaba algo: ¿Dónde se habían metido los innumerables autores contemporaneos de bestsellers que nos acribillan por todos lados en las librerías normales? ¿Y los libros éxitos de ventas escritos por la modelo de moda o el presentador de turno del momento? ¿Qué había pasado con esa literatura barata de autores desconocidos que crecen como las setas, que llenan cientos de estantes y nos hacen perder el tiempo cuando lo que estamos buscando es un simple libro de bolsillo de “Fortunata y Jacinta”, que, “vaya! no nos lo han traído aún”, pero a cambio ahí mismo tiene “usté” 20 ejemplares bien grandes y empaquetaditos de “El misterio de la Cripta de los Templarios”…o algo parecido?…
No me pareció ese un lugar muy normal.

Poco a poco, mientras me deleitaba con el hallazgo, una neblina grisácea comenzó a invadir el ambiente de forma imperceptible hasta hacerlo muy borroso, y me dí cuenta de que el dependiente ya no era el dependiente, era Allan Poe y mientras me miraba lanzaba unas carcajadas agudísimas y cínicas, y yo comenzaba a hundirme, me hundía irremediablemente en una espiral espesa, brillante, de libros de autayuda y de bestsellers, que trataba de tragarme…y yo gritaba No!! Nooo, por favor!!!!.... y entonces desperté sudando y con el corazón latiendo a cien por hora.

Ah! Había sido un sueño.
Un sueño delicioso. O una pesadilla.
Según se mire



Foto: http://www.flickr.com/photos/51035555243@N01/176219371

domingo, 5 de abril de 2009

COLETTE, EL SEÑOR CARRINGTON Y EL MAR


"Mujer escribiendo una carta". Gerard Ter Borch (1617-1683)




“Llamaron a la puerta de la habitación. Era la criada. Un mensajero acababa de entregar en casa de los Sheliman una misiva dirigida a la hija mayor, Colette, que se encontraba en esos momentos escribiendo sobre la antigua mesa de madera situada frente a la ventana de su cuarto, y desde la que se podía ver el mar.
Colette miró el sobre. El remitente era el Señor Carrington, un amigo de la familia, y lector asiduo de sus libros, acaso el único que sabía quién era ella realmente, puesto que Colette usaba un pseudónimo masculino para escribir, consciente de que en su mundo poca credibilidad habría de darse a una mujer que emprendiera tamaña insolente empresa.
Lo abrió con sumo cuidado. De su interior, sacó una hoja amarillenta, sencilla, apenas garabateada con una sola frase:

“Según te leo, me gusta más como palpitas”.

Colette cerró los ojos durante unos instantes. Sonrió.
Después, cogió su pluma, una hoja en blanco y escribió:

“Sepa, señor mío, que lo que acaba de decirme me ha provocado una suerte de shock.
Nunca nadie me dijo algo tan hermoso.
Acaba usted de condenarme: ni rosas, ni diamantes, ni cenas lujosas me seducirán ya. Ni galanes sin palabras, ni hombres que no saben ver, ni pretendientes adormecidos en los brazos de la mediocridad, ni almas frías incapaces de sentir.
Sino Eso.
¡¡¡Eso es lo que yo quiero!!!!”


A continuación dobló la hoja, la besó delicadamente, la guardó en un cajón y lo cerró con llave para siempre.
Miró de nuevo a ese mar luminoso que tantas sensaciones le había proporcionado a lo largo de su vida.
Suspiró profundamente.
Y continuó escribiendo”.





PD: La culpa de este post la tiene el señor Turulato.

EL DESVAN



En mi casa hay un desván. Un desván enorme y oscuro, lleno de polvo, de muebles antiguos y cosas olvidadas, con un techo de viejas vigas de madera recia, abuhardilladas hasta casi tocar el suelo, lo que provoca que tengas que entrar en sus dominios con la cabeza inclinada y el cuerpo sumiso, cuidadoso, como si le estuvieras rindiendo pleitesía.
A ese sitio casi nunca sube nadie. Está cerrado con un candado y en la puerta hay pegado un curioso cartel de plástico que reza: “Diego”, y que ya estaba allí cuando yo llegué a esta casa.
A veces necesito entrar. En él guardo esas cosas que no sabes bien donde colocar y que ocupan un lugar precioso en cualquier otro sitio de la casa: los disfraces que me traje de Nueva Orleans, las pelucas de mis obras de teatro, los zapatos de tacón de aguja que me compré en un chino barato para interpretar a la malvada Magdalena en nuestra versión rockera de “La Venganza de Don Mendo”. Y también cosas más pragmáticas: unas deportivas y varios pantalones y camisetas de deporte de cuando practicaba aerobic como una posesa. El carro de la compra que me compré diligentemente y nunca usé. Las decenas de cajas de diferentes electrodomesticos, que como carcasas olvidadas, se han quedado allí a la espera de ser necesitadas en alguna futura e inevitable mudanza y muchas cosas más.
También están los habitantes anteriores, los que ocupaban previamente el territorio cuando yo llegué a esta casa: sillones viejos llenos de polvo, quizá pertenecientes a antiguos dueños, sillas desvencijadas, baules de madera agrietada, cuadros de paisajes melancólicos y oscuros, espejos sin marco que parecen mirarte tristes y lánguidos, maderas de varios tamaños que resisten el paso de los años y de las polillas, tejas de ladrillo rojo de cuando se construyó la casa, anaqueles desmantelados, lámparas rotas y un pupitre antiguo, de esos de las escuelas de película de postguerra.
Hay además otros habitantes, igual de silenciosos, pero más dinámicos. A veces se oye el aletear de unas plumas, o el suave murmullo de un gorrión. Y quien sabe lo que habrá en las profundidades inexploradas y oscuras, inaccesibles por la dificultad de la llegada y por la pereza de descubrir lo desconocido. La luz, cuando la enciendes, es cetrina y escasa, y el suelo tiene deformidades, porque no está embaldosado y hay mucho, mucho polvo.

A mis gatos les gusta meterse en su interior. Para ellos es una gran fiesta y toda una aventura cuando abro el candado y la puerta chirria suavemente a fuerza de no haber sido usada en mucho tiempo.

A mí, no sé si me da miedo ese lugar o me encanta. Pero lo cierto es que solo subo cuando es estrictamente necesario, o en aquellos arranques de entusiasmo en los que me propongo redecorar mi casa con algún mueble todavía no descubierto, y siempre acompañada por mis pequeños leones, que se suman a la fiesta, oliéndolo todo, disfrutándolo todo.

Hay noches, en que, tumbada en mi cama, me imagino que algo se mueve allí arriba. A veces me da por pensar que oigo pasos y sonidos entrecortados:“serán ratones”. Y siempre me duermo pensando en alguna otra cosa y tras haber rezado un poco para que el techo no se me venga encima, sonrio confiada porque las casas de antes, y esta tiene ya un siglo, no son como las de ahora.

Una noche, ocurrió que cuando estaba conciliando el sueño me pareció oir el sonido melancólico de un saxo y una voz de mujer que cantaba un blues muy triste. Qué raro…a esas horas mis vecinas ya han apagado la música, y lo que escuchan, para martirio del vecindario suele ser el último éxito de los 40 principales. Y esa música…es tan bonita…tan delicada…Y pensando en esas cosas, mientras oía cantar a la mujer, me sobrevino un profundo cansancio, y esa noche soñé con el río Mississippi, con las calurosas noches de Lousiana, con artistas negros y canciones tristes.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba, eché de menos a mis gatos que siempre me acompañan, me dan los buenos días y se toman conmigo el café y el cigarrito, y presa de una extraña inquietud comencé a buscarlos por toda la casa, en sus lugares favoritos, debajo de las camas, encima de los armarios, en el baño, en la entrada, hasta abrí la puerta de casa por si me los había dejado fuera. Nada. Ni rastro. Al volver a entrar, me dí cuenta de que había una pluma verde en el suelo. Brillante, grande, muy bonita. Una pluma verde jade. No conozco a ningún animal que posea unas plumas semejantes por estos lares.
Al llegar al salón, descubrí otra pluma igual sobre la mesa que está debajo de las escaleras que llevan al desván. Sospechando lo que ocurría, comencé a subir las escaleras y pude ver la puerta del desván ligeramente torneada. Me acerqué con curiosidad, la empujé con cautela, encendí la escasa luz de la pobre bombilla sin lámpara que cuelga en la entrada y...ajá!.. atiné a ver a Silvestre y a Gatita tumbados en los sillones, durmiendo plácidamente, olvidados del mundo y de su dueña.
Silvestre me miró con los ojos somnolientos y entonó un “miau” de buenos días, o de “déjanos en paz, bonita, hemos pasado una noche muy agitada”, nunca se sabe.

Misterio resuelto.

Pero...¿Cómo habrían abierto la puerta con candado estos bandidos?...Quizá me la había dejado yo abierta el día anterior? Pero no recordaba haber subido....En fin, quizá me equivocaba....
Pensando en estas cosas, cuando me disponía a salir (molestar la paz de dos felinos que duermen me parece un sacrilegio), tropecé con una caja que estaba fuera de su sitio y casi me rompo la crisma. Estaba abierta y a su lado, caídos en el suelo, había dos collares de perlas de colores y un antifaz muy elegante decorado con unas preciosas plumas verdes jade. Los que me compré cuando el Mardi Gras, en mi estancia en Nueva Orleans. Y los zapatos de tacón se encontraban tirados fuera de la bolsa donde estaba segura de haberlos guardado la última vez. Los sillones y las sillas se encontraban situados en una disposición muy especial, en semicírculo, alrededor de un imaginario escenario, ahora vacío y lleno de polvo. “O mis gatos los han movido en sus correrías, o yo misma los dejé así la última vez”…pensé. “Qué raro”…

Bajé de nuevo al salón y un extraño impulso hizo que me dirigiera directamente a coger un CD que ya no recordaba que tenía: “Marva Wright”, y lo puse, con la misma hipnótica fascinación con la que me fumaba otro cigarro. Entonces, una voz potente, sensual, melancólica invadió inmediatamente el salón y la casa entera. Una mujer cantando un blues sureño. Un saxo triste. La mujer, una artista negra de Nueva Orleans, cantaba a su tierra querida donde dejó a su amor, Diego, desde un lejano lugar del mundo del que ya no pudo regresar. Ese CD, entonces lo recordé, lo había comprado algunos años antes, en un antro perdido de una calle llamada Bourbon Street, donde una mujer de color había cantado esa noche la canción de amor más bonita que había escuchado nunca…

De pronto, me acordé de la voz que había oido la noche anterior desde la cama…del antifaz de plumas verdes, de las cajas abiertas, de los zapatos tirados, del nombre del cartel de la puerta…de los sillones puestos en semcírculo, y de cómo mis gatos son lo suficientemente hábiles para cazar un gorrión, pero incapaces de mover cuatro sillones de veinte kilos de peso y de abrir un candado de la marca "genii" último modelo.
Y como si me despertara súbitamente de un sueño profundo y presa de un repentino presentimiento, subí apresuradamente al desván, recogí todas las cosas que estaban fuera de su sitio, hice salir a mis gatos y tras echar una mirada al interior, cerré la puerta con el candado. Tuve el impulso de quitar el cartel con el nombre que estaba pegado en la puerta, pero algo parecido a un sentimiento de profanación me aconsejó que no lo hiciera.
Guardé las plumas en un cajón del salón y apagué la musica.

Durante todo aquél día me estuve repitiendo incesantemente:
“Mis gatos son muy revoltosos. Muy revoltosos. Muy revoltosos”.
“Y los fantasmas no existen. No existen. NO EXISTEN”.

Todavía hoy, sigue pegado el cartel de “Diego” en la puerta de mi desván. Quien venga a mi casa, podrá verlo.
Y mis vecinas siguen poniendo los últimos éxitos de los 40 principales.

Pero aún, de tanto en cuanto, me parece escuchar en el silencio de la noche, sonidos que proceden del desván, como pasos afilados, pasos de tacones, y muy queda,si escuchas bien, se puede oir la voz triste de una mujer que canta.

La puerta del desván, ni que decir tiene, sigue cerrada con candado a cal y canto.

Y yo....yo sigo intentando creer que los fastamas no existen.





Foto primera: obtenida de flickr: http://www.flickr.com/photos/panex/2287813399/

lunes, 2 de marzo de 2009

DE CÓMO TERA NADÓ JUNTO A TIBURONES CUANDO LO QUE DESEABA ERA HACERLO CON DELFINES.



“Definitivamente, Rubi Sar tenía ojos de tiburón. Negros, fríos, opacos como un cristal oscuro. Tera se percató aquél día, mientras pescaba en su barca y vió pasar a su lado un tiburón que se le quedó mirando fijamente durante unos instantes para después seguir su marcha. Es curioso que nunca antes, mientras estaba con él, se hubiera dado cuenta.

Tera y Rubi Sar habían compartido durante un tiempo conversación, risas, sudores, lecho y alguna que otra confidencia. Nada que pudiera hacer peligrar una relación de conveniencia: un poco de compañía y la promesa de tiempos más cálidos para ella, y una cama caliente sin mucho compromiso, para él. Nunca hubo misivas demasiado cariñosas, ni palabras peligrosamente románticas, nunca planes excesivamente comprometedores: como mucho un paseo por el cayo una vez a la semana, una cena, una conversación agradable y la consiguiente noche de pasión sexual. Se llevaban bien en los menesteres de la alcoba. Se llevaban bien en la vida...siempre que Tera no pidiera mucho más.

Así las cosas, mantenían las distancias, como dos individuos adultos, con el desapego por bandera, y una cierta fría afabilidad que prometía mantener las cosas en su sitio. Nunca Rubi Sar le dijo palabras de amor a Tera. Ni ella creía necesitarlas, aunque le hubiera gustado escucharlas. Nunca le dijo lo guapa que estaba, ni lo lindo del azul de sus ojos. Nunca la cogió la mano y desde luego, nunca se miraban a los ojos cuando hacían el amor. El era un hombre sincero y a menudo recordaba a Tera que a él, ella no le gustaba como otras isleñas a las que había conocido y que no podía volcarse en la relación porque no lo sentía. Pero su sinceridad no llegaba tan lejos como para prescindir de una cama caliente y de una compañía que calmara su necesidad. Tera, increíblemente, hacía oídos sordos a esas terribles palabras y continuaba con él, pero las palabras se quedaban grabadas a fuego en su mente y chirriaban como cuchillos afilados en sus oídos cuando menos lo esperaba.

Tera comenzó a sentir una desazón, un malestar, una conciencia extraña de que lo que tenían no era lo que ella quería de verdad. Pero continuaba con él, deseando que algún día él le cogiera de la mano, le mirara por dentro, o le abriera su corazón.

Un buen día, como es de esperar, Rubi Sar se cansó, se cansó de la compañía, se cansó de las caricias, se cansó de las palabras, y le dijo a Tera que sería mejor acabar aquello, y Tera asintió sin mucha sorpresa y con la elegancia de una mujer que sabe que se merece tal desenlace. De haberlo mandarlo al infierno, lo debería haber mandado meses antes, en esos momentos en que él le aseguraba que ella no era todo lo que él esperaba de una mujer.

Así que tiempo después Tera se seguía preguntando por qué había aceptado una relación tan fría y tan cruel, si ella era pura vida y puro sentimiento. Quizá es que la soledad hace que en ocasiones aceptemos estar con personas que no nos hacen felices, que ni siquiera nos quieren, pero que calman en parte ese anhelo poderoso de compañía auténtica. Y así uno corre el riesgo de nadar con tiburones cuando lo que de verdad desea es hacerlo con delfines.

En una de sus antiguas conversaciones, cuando todavía estaban juntos, Tera, en una de las pocas ocasiones en que se atrevía a preguntar sobre las vidas anteriores a sus amantes, le había preguntado a Rubi Sar por qué se había separado de la única novia conocida en la isla que él había tenido años atrás. La respuesta de él fue: “porque me aburría”. Tera sintió aquél día cómo un escalofrío premonitorio le había recorrido el espinazo, un escalofrío semejante al que acababa de sentir ahora, al ver de cerca, en el mar, los ojos de aquél enorme y frío tiburón gris...”.

martes, 17 de febrero de 2009

ATRAPADO POR SUS PENSAMIENTOS


Sepharad pensaba mucho. Pensaba todo el tiempo.
A veces, podía pasarse horas pensando, incluso mientras hacía otras cosas.
Pensaba tanto, que un un día, sin que él lo notase, sus pensamientos comenzaron a salirse de su cabeza en forma de ramas de un árbol centenario, y empezaron a rodearle la cabeza, el cuello, los brazos; bajaron por la cintura, las caderas, le envolvieron los muslos, las rodillas y llegaron hasta los pies. De sus pies, sus pensamientos siguieron creciendo y alargándose por el suelo, hasta alcanzar las paredes de su cuarto, por donde treparon, invadiéndolo todo, hasta el techo, saliéndose de la habitación y enroscándose por todos los objetos que se cruzaban.
Cuando se quiso dar cuenta, los pensamientos de Sepharad habían tomado vida propia y se anclaban fuertemente en el mundo que le rodeaba, dificultandole la capacidad para moverse, para caminar, incluso para respirar.
Cuando Sepharad asumió que había caído presa de sus propios pensamientos y de que estaba inmovilizado, siguió pensando, pero esta vez, toda su atención se centró en cómo librarse de esas ramas que le ahogaban.
Pensó cortarlas, pero apenas podía mover los brazos para alcanzar un objeto cortante y cuanto más pensaba, más fuertes se hacían las ramas y más se extendían.
Pensó zafarse, retorcerse, pero el espacio entre las ramas y su cuerpo era ínfimo y no le permitía apenas movimiento.
Quiso morderlas, pero las ramas eran gruesas, sólidas, fruto de horas y horas de pensar.
Asustado por la imposiblidad física de escape, decidió que tal vez si hablaba con ellas, si dialogaba, si negociaba, las ramas desaparecerían, o retornarían a su cabeza. Comenzó a hablar, pero nada ocurrió. Para hablar tenía que pensar, pensaba mucho, pensaba en qué decir, en cómo decirlo, en lo que pasaría si no funcionaba, en lo primero que haría cuando quedara libre. Y como no paraba de pensar (porque Sepharad pensaba mucho, pensaba todo el tiempo), las ramas, en vez de desaparecer, seguían creciendo, alargándose, haciendose más fuertes e invadiendo ya todas las estancias de su casa.

Horrorizado ante la visión de su casa convertida en una selva de ramas entrelazadas, gruesas y fuertes, y ante la realidad de que se encontraba en una carcel y que no le quedaba mucho tiempo,empezó a llorar, a llorar desconsoladamente, a llorar sin pensar en nada. Porque ya no le quedaban fuerzas.

Mientas lloraba, rendido, vacío de todo pensamiento, cansado y agotado de pensar, las ramas comenzaron a retroceder, lentamente. Y cuanto más lloraba, y menos pensaba, más retrocedían.
Tanto lloró y tan poco pensó, que finalmente, las ramas terminaron por desaparecer por el mismo punto por donde habían asomado: por su cabeza.

Pero Sepharad no se había dado cuenta.

Cuando ya no le quedaba lágrimas, creyendo que era el final, abrió los ojos, y vió su casa limpia. Vió su cuerpo liberado. En silencio, en el silencio más grande que nunca había sentido, se dio cuenta de que el no pensar le había hecho liviano. Y le había salvado.

Desde aquél día, Sepharad solo piensa lo necesario.
Cuando nota que alguna rama le empieza a sobresalir de su cabeza, se relaja, deja de pensar y escucha música.

Y aunque cree que pensando menos está perdiéndose algo, la verdad es que sólo gana cosas. Gana claridad de pensamiento, gana paz, gana ocurrencias, y, paradójicamente, gana hasta soluciones a sus problemas.

Pero siempre tiene que tener cuidado de no pensar en exceso, porque no quiere volverse a sentir atrapado por sus pensamientos.

Desde entonces, los que le conocen, dicen, que Sepharad parece un hombre más contento.

martes, 27 de enero de 2009

ALUCINOSIS

Una tienda con sabor hippie en la plaza Santa Cruz, al lado de Sol. Un clásico que no cierra ni en domingo. Un lugar mágico.
En la puerta, el dependiente habitual está charlando con una chica rubia que no había visto nunca. Debe ser nueva en la tienda. Él, pelo largo ondulado, botas de cuero puntiagudas, cadenas de plata en cuello y muñecas, mirada cautivadora, y ese no-sé-qué salvaje e inasible de hombre que no se ata a nadie y que sabe mover muy bien sus caderas y sus manos mientras te susurra palabras de amor que el viento se llevará pasada la noche de pasión. Se desprende en el ambiente que va a haber temita entre ellos.
Me sonríe cuando entro. Me mira a los ojos. Siempre lo hace. Es muy amable. Tentadoramente guapo. Peligrosamente accesible. Eternamente inaccesible.
Calamaro canta una canción de desamor y algo se empieza a remover en mi interior.
El ambiente huele a incienso.
Me paro en una vitrina y unos colgantes étnicos de plata y piedras captan toda mi atención.
De repente, solo puedo ver el mar, una hoguera, jóvenes charlando sobre la arena, la luna velando a la juventud que baila, que ríe, que fuma. Pieles morenas. Pies descalzos. Manos que se entrelazan. Y toda la noche por delante.
De repente estoy en otro lugar.
No es madrid. Es formentera.
Es la vida bohemia.
La luna. La playa. Los sueños hippies. Días de de vino y rosas, de amores efímeros.
De eternos veranos.
La emoción de esas noches en la que todo puede pasar. La magia de la aventura.


Me voy a ir. Porque creo que me estoy ahogando.
Salgo de la tienda, les digo adiós.
La rubia no me dice nada. El me despide con esa sonrisa que hace temblar las piernas.


Dejo a Calamaro cantando, y yo salgo a la calle. El ruido de los coches y las prisas de la gente me recuerdan de forma insultante que todo ha sido una alucinación.
Que este es el mundo que elegí. Respiro hondo el frío helador de Madrid.
Hay que comprar algo para cenar antes de que cierren. Y acostarme pronto. Mejor me ovido de melenas atractivos y de vidas bohemias que nunca supe vivir.


Mañana trabajo.

jueves, 25 de septiembre de 2008

UNA CITA A CIEGAS

(Hace ahora casi tres años...)

"Era un día lluvioso, de esos de cielo encapotado y ambiente gris. De los que encogen el ánimo y aprietan el alma.
Pero había una cosa que me animaba: ese era el día en que iba a conocer a mi nuevo compañero de piso. Me habían hablado muy bien de él. Estaba buscando una vivienda para compartir. Parecía ser muy atractivo. De pelo negro y preciosos ojos verdes, grandes y expresivos. Era un buen tipo, tranquilo de ánimo, aunque algo rebelde.
Nadie sabía de su vida exactamente, era muy reservado.
Decidí que quería conocerlo. Tendría un espacio en mi casa para él. Tal vez su presencia, animara un poco la soledad de mi espacio vital. Saber que habría alguien más en mi pequeño reino, cuando llegara a casa, aliviaría un poco la crudeza de mi consciente y elegida independencia.

Así que fui a su encuentro. Una conocida común nos presentó. Nos caímos bien desde el primer momento. Le sentí cómodo conmigo. Yo estaba rebosante de emoción, y pensé: “esto puede funcionar”.
Nos fuimos juntos a mi casa. No tardó mucho en adaptarse. Ni yo, tampoco! Con decirles que a la segunda noche ya le permití meterse en mi cama! Digamos, que fui un poco inconsciente... pero ahora no me arrepiento de nada.
Desde entonces no nos hemos separado. Nos queremos mucho, y nos entendemos a la perfección. Sólo con mirarnos ya sabemos lo que nos vamos a decir. A veces me enfado con él, pero se me pasa pronto. No puedo resistirme a su mirada y a sus encantos, que no son pocos.


Y creo que él...es feliz conmigo.

Ojala dure mucho, mucho tiempo..

Y es que adoptar un gatito fue, sin duda, una de las mejores decisiones que tomé en mi vida...

Después vino ella. Pero eso...eso es otra historia."

domingo, 14 de septiembre de 2008

FIEBRE Y DELIRIOS


He estado todo el fin de semana sumida en una especie de febrícula vital, reflejo, probablemente de la febrícula real que invadía mi organismo, y consecuencia de esas fastidiosas bronquitis-faringitis otoñales. Qué romántico.

Mis únicos contactos con el mundo exterior han sido las bajadas al bar de la esquina a por tabaco y el encuentro con un colega para ver la película del Ché, con las subsiguientes cañas, cigarrillos y conversaciones acerca de la vida, la muerte, cuba, el amor, el curro, el sexo, los viajes y el encarecimiento de la vida actual, y no necesariamente en ese orden.
Después, un paseo por los alrededores del Palacio Real, que debido probablemente a mi aturdimiento faringo-naso-mental o quizá a la luz fantasmagórica de esas farolas de cristal rojizo que alguien ha plantado ahí, y a la casi absoluta ausencia de transeúntes en esos momentos, se me ha antojado como un sueño embriagador y absolutamente tangible y sólo faltaba una musiquilla de violines, o de piano, para que me pareciera estar a punto de ver al mismísimo conde drácula aparecer de detrás de alguna de las columnas del palacio. Lo cual no deja de tener su encanto. Porque siempre le podríamos haber dicho que se viniera de cañitas con nosotros y nos contara de una vez la verdadera historia de cómo llegó a ser campeón mundial de hincar el diente, y por qué abandonó su Rumanía natal, si es que las cosas ya estaban para entonces tan mal como ahora. Seguro que habríamos pasado un rato estupendo.

O quizá no tanto....ahora que lo pienso.
Igual me habría levantado esta mañana con dos sospechosas marcas oscuras en mi cuello, y los dientecillos un poco más largos....ay, ay, ay, estoy empezando a confundir realidad y ensoñación...maldita fiebre....¿los noto más largos?...

Me levanto de la silla donde estoy escribiendo esto y me apresuro a mirarme en el espejo. Mi cuello está bien. Y mis dientes tienen el tamaño habitual. Bufff.
Abro el frigorífico y miro con atención la carne que compré hace unos días. Nada. No siento un deseo frenético.
Miro a mi gato. Tampoco le deseo. Estoy intacta!!
Va a ser que hoy como pasta. La próxima vez no hablaré con desconocidos. Ni en sueños.

Con la sonrisa otra vez en la boca, me voy en busca de la olla para hervir el agua, y del Frenadol de turno.

Al agacharme para abrir el armario de la cocina, una silueta oscura y alta, con una capa enorme, cruza rápida y silenciosa el marco de la puerta que está a mi espalda, mientras oigo que mi gato rebufa inquieto en su sillón.


Foto del cartel: http://www.cultfilmz.com/directors/hammer/dracula.jpg

viernes, 12 de septiembre de 2008

DE PLANTAS, HUMO Y RELACIONES


A las plantas hay que mimarlas, quererlas, cuidarlas...Yo les hablo. Les hablo y les acaricio, quizá debido a un tipo de trastorno psicótico tipo esquizofrenoide no reconocido hasta el momento...No oigo voces, pero espero que ellas me oigan a mí. El caso es que salvo esas temporadas de apatía vital en las que descuido su presencia (con el consiguiente tratamiento de recuperación de urgencia, que siempre funciona, y tras pedirles perdón), están preciosas. Y andaba yo un día fumando cerca de la que tengo en mi sofá, que es la que se traga, con mucho, todo el humo de mis Ducados con alto contenido en nicotina (que pasaaa?!!!) cuando la miré de reojo, sospechando, por vez primera, que nunca había caído en la cuenta de que quizá les estuviera causando un sufrimiento inaudito. Empecé a sentirme incómoda, con su presencia ahí, culpabilizante, atenta a todos mis movimientos, con esa mirada incisiva que me hacía removerme en el sillón y lanzar el humo hacia el otro lado...cuando decidí preguntarle. "Oye, a tí te molesta que fume??". Y la planta habló. Por primera vez en la vida, habló, y me contestó que no me preocupara, que el humo le encantaba y la hacía crecer mejor. Incluso me pidió que le pasara un cigarrito. Pero eso ya me pareció demasiado. Una cosa es que hable con mis plantas. Otra muy distinta que las convierta en unas adictas a la nicotina.
De eso nada.

Desde entonces, superada la barrera de la timidez, hablamos a diario; nos contamos nuestras cosas, comentamos los anuncios de la tele, y nos pasamos recetas. Y se está creando una bonita amistad.
Así que me he dado cuenta de dos cosas: de que a las plantas les gusta el humo.
Y de que fumar es una forma como otra cualquiera de establecer nuevas relaciones.